"Quizás hayan cosas que te resulten difíciles de entender. Quizás es que debas digerir en tu corazón lo que no llega a comprender la cabeza". GRIAN
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CALLEJON CON SALIDA
A veces, hay calles tan angostas,
y de final tan difuso,
que ante la adversidad,
es fácil confundirlas con un callejón sin salida.
Sólo queda entrar en ella.
A veces la salida no está justo delante,
a veces hay puertas ocultas en un muro de hormigón,
a veces es simplemente una curva,
que bifurca en una gran rambla.
Si sabes que no es el fin,
no hay excusa para rendirse.
Los grandes logros nunca surgen de la fortuna ni de la prosperidad,
sino del esfuerzo, la fe y el compromiso.
Por eso, es justo por eso que sé,
que grandes cosas te depara la vida,
y yo estaré contigo para celebrarlo.
No cierres con llave
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siempre será mejor dejar la puerta abierta;
pues de vez en cuando también se cuelan cosas buenas,
y cerrar la puerta para evitar las malas,
no compensa perderte las buenas.
Años de desdicha son compensados,
con minutos, incluso segundos, de felicidad.
Vivir compensa.
Todo saldrá bien
"Jamás desesperes, aún estando en las más sombrías aflicciones,
pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante."
Miguel Unamuno
"El Anillo" Jorge Bucay

Érase una vez un joven que acudió a un sabio en busca de ayuda.
-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada.
-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada.
Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto.
¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:
«Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte,
ya que debo resolver primero mi propio problema.
Quizá después…».
Y, haciendo una pausa, agregó:
«Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez
y después tal vez te pueda ayudar».
-E… encantado, maestro -titubeó el joven,
-E… encantado, maestro -titubeó el joven,
sintiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergados.
-Bien -continuó el maestro.
-Bien -continuó el maestro.
Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y,
dándoselo al muchacho, añadió:
Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado.
Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda.
Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible,
y no aceptes menos de una moneda de oro.
Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.
El joven tomó el anillo y partió.
Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes,
que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.
Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro,
Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro,
algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa como para entregarla a cambio de un anillo.
Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado,
que fueron más de cien, y abatido por su fracaso,
montó en su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
-Maestro -dijo-, lo siento.
Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
-Maestro -dijo-, lo siento.
No es posible conseguir lo que me pides.
Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata,
pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-Eso que has dicho es muy importante, joven amigo -contestó sonriente el maestro-.
-Eso que has dicho es muy importante, joven amigo -contestó sonriente el maestro-.
Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo.
Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero.
¿Quién mejor que él puede saberlo?
Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él.
Pero no importa lo que te ofrezca: no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa,
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa,
lo pesó y luego le dijo al chico:
-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo,
no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
-¿Cincuenta y ocho monedas? -exclamó el joven.
-Sí -replicó el joyero-.
-¿Cincuenta y ocho monedas? -exclamó el joven.
-Sí -replicó el joyero-.
Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas,
pero si la venta es urgente…
El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-.
Tú eres como ese anillo:
una joya, valiosa y única.
Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto.
una joya, valiosa y única.
Y como tal, sólo puede evaluarte un verdadero experto.
¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.
El valor que posees no siempre será el que te otorguen.
Existe un potencial dentro de cada uno de nosotros,
listo para explorar...
como las cavidades de unas minas de oro o
de piedras preciosas...
de piedras preciosas...
Dejame que te cuente.
Jorge Bucay
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