Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta libros. Mostrar todas las entradas

Cien poemas


"La luna brilla en mi interior,
pero mis ojos ciegos no pueden verla.
La luna está en mí, lo mismo que el sol.

Sin que lo toquen,
el tambor de la eternidad resuena en mi interior,
pero mis oídos sordos no pueden oírlo.

Así, en tanto que el hombre reclame el yo y lo mío,
sus obras serán como cero.

Cuando todo amor del yo y de lo mío haya muerto,
entonces es cuando se consumará la obra del Señor.

Que el trabajo no tenga otro afán que el conocimiento.

Alcanzado el conocimiento, déjese el afán.

El afán de la flor es el fruto;
cuando el fruto madura, la flor se marchita.

El ciervo contiene el almizcle,
aunque no lo busca en sí mismo,
sino husmeándolo en la hierba."

(...)

Cien poemas. Kabir

¿Si?


"Lo que sucede una vez, puede no volver a suceder jamás.
Pero lo que ocurre 2 veces, terminará sucediendo una tercera."
 (Paulo Coelho)

Ni mejores ni peores: diferentes


¿Por qué los hombres "hacen" cosas?

Una mujer nos comentó que le dijo a su marido
que le gustaría que se mostrase más afectuoso con ella,
y que le demostrase su amor más a menudo.
Como muestra de amor,
el hombre decidió cortar el césped del jardín,
pintó toda la cocina y
al darse cuenta,
de que ella no estaba completamente feliz,
le ofreció una invitación para ir a ver un partido de fútbol...

Cuando una mujer está preocupada por algo,
se lo explicará a sus amigos;
pero un hombre preocupado,
montará un motor o
arreglará la tapa de la cafetera.

Para demostrarle su amor por ella,
él escaló la montaña más escarpada,
buceó en el océano más profundo,
y cruzó de cabo a rabo el desierto más ancho del mundo.
Ella decidió abandonarle porque nunca estaba en casa.

Un hombre herido emocionalmente,
prefiere dar coces;
una mujer,
prefiere "sentarse y hablar de ello".

*Del libro "Por qué los Hombres no escuchan
y la Mujeres no entienden los mapas"

El arte de escuchar



«La mayoría de nosotros escuchamos a través de una pantalla de resistencia.
De una auténtica escucha nos separan nuestros prejuicios,
sean religiosos o espirituales,
psicológicos o científicos;
nos separan nuestras preocupaciones diarias,
nuestros deseos o expectativas,
nuestros miedos, etc.
Y con esto como pantalla...
¡escuchamos!
Por lo cual, lo que realmente escuchamos es...
nuestro ruido,
nuestro sonido,
no lo que realmente está siendo dicho...»


KRISHNAMURTI, The first and the last Freedom

"Eco y Narciso"



Publio Ovidio
"Metamorfosis III"
(Narración de Jorge Bucay)

Narciso era un joven muchacho, tan hermoso que hasta las deidades del Olimpo celaban su belleza. Un día mientras tomaba agua en un estanque, Cupido fue enviado por los dioses para herirlo con unas de sus flechas. Así fue como Narciso se enamoró de su propia imagen; tanto, que ninguna otra persona volvió a parecerle atractiva, aunque otras seguían enamorándose de él. Ese era el resultado deseado por los dioses, el sufrimiento infinito de verse privado del placer de amar.

Eco por su parte, también había sido víctima de un conjuro, la esposa de Zeus le había quitado el don del habla.

Afrodita, la diosa del amor y la belleza, se había compadecido de Eco no pudiendo deshacer el hechizo anterior, lo atenuó, permitiéndole hablar pero solo para repetir lo que otros dijeran.

Cuenta la leyenda que un día Narciso caminaba por la orilla del un río, triste como siempre, sufriendo su pena, y desde detrás de un matorral Eco lo espiaba. Como todos los que se cruzaban con Narciso, también Eco se enamoró del joven pero no se animó a salir a su paso dado que nada podría decirle salvo
que él le hablara primero. Dolorida por su condena, Eco lloró.

-¿Quién esta ahí?- preguntó Narciso al escuchar el llanto.

-¿Quién esta ahí?- contestó Eco.

-Soy yo, Narciso. ¿Y tú quién eres?

-Soy yo- repitió Eco.

-Sal a luz, quiero verte- dijo el joven.

-Quiero verte- dijo Eco.

-Ven aquí entonces- comandó Narciso.

-Ven aquí- repitió Eco-, ven aquí.

Narciso temió una nueva trampa de los dioses y no se atrevió a internarse en la espesura.

-¿Tú no entiendes que necesito amar a alguien?- preguntó Narciso.
Tú no entiendes- contestó Eco llorando.

-Si no sales ya mismo…-exigió Narciso-…vete y adiós.

-Adiós-repitió Eco-, adiós…adiós…

El bello joven se dio cuenta de que el amor por fin llegaba a su corazón. Quizás porque al no ver a su amada no había tenido una imagen con quien compararla; quizás porque su voz solo le devolvía sus propias palabras… lo cierto es que sin razón para él, Narciso finalmente se había enamorado.

-Vuelve por favor-gritó-. Yo te amo.

Pero era tarde… la doncella ya no podía escucharlo.

Narciso se sentó junto al río y lloró.

Lloró como nunca había llorado, toda esa tarde y también toda esa noche. Tanto lloró Narciso que por la mañana, al salir el Sol, su cuerpo se había secado y el joven amaneció transformado en una flor: el narciso, que desde entonces crece en las orillas de los ríos reclinado sobre el agua como llorando sobre su imagen reflejada.

(...)

Eco, desgraciada se había ocultado en el bosque y avergonzada cubrió su cara con ramas, y a partir de entonces vivió en solitarias cuevas; pero, sin embargo, el amor está dentro y crece con el dolor del rechazo: y las insomnes preocupaciones amenguaron su cuerpo que movía a compasión, y la delgadez contrajo su piel, y todo el jugo de su cuerpo se fue hacia los aires; solamente le quedó la voz y los huesos: permaneció la voz; cuentan que los huesos adoptaron la figura de una piedra. A partir de ese momento se oculta en los bosques y no es vista en montaña alguna, es oída por todos: el sonido es el que vive en ella...

Estar sano


Estar sano es no fatigarse, tener buen apetito,
irse a dormir y despertarse sin problemas,
tener buena memoria, buen humor,
precisión en el pensamiento y en la acción,
ser sincero, humilde, agradecido y amar.
¿Hasta que punto tú estás sano?

Pensamientos del corazón
Louise Hay

El principito




"A los mayores les gustan las cifras. Cuando se les habla de un nuevo amigo, jamás preguntan sobre lo esencial del mismo. Nunca se les ocurre preguntar: "¿Qué tono tiene su voz? ¿Qué juegos prefiere? ¿Le gusta coleccionar mariposas?". Pero en cambio preguntan: "¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?".
Solamente con estos detalles creen conocerle. Si les decimos a las personas mayores: "He visto una casa preciosa de ladrillo rosa, con geranios en las ventanas y palomas en el tejado", jamás llegarán a imaginarse cómo es esa casa. Es preciso decirles: "He visto una casa que vale cien mil francos!".(...)

http://www.ieepo.gob.mx/ninos/cuentos_02b.htm

"El Anillo" Jorge Bucay




Érase una vez un joven que acudió a un sabio en busca de ayuda.
-Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo ganas de hacer nada.
Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto.
¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
El maestro, sin mirarlo, le dijo:


«Cuánto lo siento, muchacho. No puedo ayudarte,
ya que debo resolver primero mi propio problema.
Quizá después…».


Y, haciendo una pausa, agregó:


«Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez
y después tal vez te pueda ayudar».
-E… encantado, maestro -titubeó el joven,
sintiendo que de nuevo era desvalorizado y sus necesidades postergados.
-Bien -continuó el maestro.
Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y,
dándoselo al muchacho, añadió:
Toma el caballo que está ahí fuera y cabalga hasta el mercado.
Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda.
Es necesario que obtengas por él la mayor suma posible,
y no aceptes menos de una moneda de oro.
Vete y regresa con esa moneda lo más rápido que puedas.


El joven tomó el anillo y partió.
Apenas llegó al mercado, empezó a ofrecer el anillo a los mercaderes,
que lo miraban con algo de interés hasta que el joven decía lo que pedía por él.
Cuando el muchacho mencionaba la moneda de oro,
algunos reían, otros le giraban la cara y tan sólo un anciano fue lo bastante amable como para tomarse la molestia de explicarle que una moneda de oro era demasiado valiosa como para entregarla a cambio de un anillo.


Con afán de ayudar, alguien le ofreció una moneda de plata y un recipiente de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.


Después de ofrecer la joya a todas las personas que se cruzaron con él en el mercado,
que fueron más de cien, y abatido por su fracaso,
montó en su caballo y regresó.
Cuánto hubiera deseado el joven tener una moneda de oro para entregársela al maestro y liberarlo de su preocupación, para poder recibir al fin su consejo y ayuda.
Entró en la habitación.
-Maestro -dijo-, lo siento.
No es posible conseguir lo que me pides.
Quizás hubiera podido conseguir dos o tres monedas de plata,
pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-Eso que has dicho es muy importante, joven amigo -contestó sonriente el maestro-.


Debemos conocer primero el verdadero valor del anillo.
Vuelve a montar tu caballo y ve a ver al joyero.
¿Quién mejor que él puede saberlo?
Dile que desearías vender el anillo y pregúntale cuánto te da por él.
Pero no importa lo que te ofrezca: no se lo vendas. Vuelve aquí con mi anillo.
El joven volvió a cabalgar.
El joyero examinó el anillo a la luz del candil, lo miró con su lupa,
lo pesó y luego le dijo al chico:

-Dile al maestro, muchacho, que si lo quiere vender ya mismo,
no puedo darle más de cincuenta y ocho monedas de oro por su anillo.
-¿Cincuenta y ocho monedas? -exclamó el joven.
-Sí -replicó el joyero-.
Yo sé que con tiempo podríamos obtener por él cerca de setenta monedas,
pero si la venta es urgente…

El joven corrió emocionado a casa del maestro a contarle lo sucedido.
-Siéntate -dijo el maestro después de escucharlo-.


¿Por qué vas por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Y, diciendo esto, volvió a ponerse el anillo en el dedo meñique de su mano izquierda.

El valor que posees no siempre será el que te otorguen.
Existe un potencial dentro de cada uno de nosotros,
listo para explorar...
como las cavidades de unas minas de oro o
de piedras preciosas...
 
Dejame que te cuente.
Jorge Bucay